La innovación es un lujo, que la estrechez financiera de este presupuesto, no puede pagar

Con esta premisa, muchas gerencias cierran la puerta a soluciones técnicas avanzadas, creyendo que están protegiendo la caja del proyecto. Sin embargo, en la infraestructura industrial y logística, el costo de una obra no se limita a lo que dice la factura del contratista; se mide en la capacidad del activo para generar ingresos sin interrupciones.

La decisión más allá de las finanzas
 

 

Es un error común esperar que el constructor sea quien proponga innovaciones estratégicas para acelerar el retorno de inversión. La razón es simple: el contratista civil tiene un alcance que se limita a ejecutar la obra ciñéndose a unas especificaciones y a un presupuesto pactado. 
Por lo tanto, su único indicador de éxito es la eficiencia en el manejo de sus recursos y el cumplimiento ciego del cronograma, no el éxito comercial del proyecto.

El constructor no tiene por qué conocer los márgenes de rentabilidad de la operación, el costo de los fletes o las penalidades que sus clientes le imponen por un despacho tardío. La responsabilidad de cruzar los tiempos de obra con el P&G (Estado de Resultados) de la compañía es exclusivamente del dueño del proyecto.

La ingeniería financiera en infraestructura consiste, precisamente, en entender que el ahorro de unos millones en la etapa de construcción puede generar pérdidas exponenciales en la etapa de operación.

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 Anatomía de un falso ahorro

Para ilustrar este concepto, analicemos un escenario real en un Centro de Distribución (CEDI) en Colombia. Ante la necesidad de reparar 580 m² en la vía de acceso principal a los muelles, se presentaron dos alternativas:

    • Método Tradicional: Uso de concreto convencional. Económico en factura, pero requiere un cierre total de la vía durante 28 días para alcanzar la resistencia de diseño.
    • Innovación Técnica (Fast Track): Concreto de alta tecnología que permite el tráfico de tractocamiones en 48 horas. Esta opción presentaba un sobrecosto inicial de $35.000.000 en materiales.

La gerencia de compras optó por el método tradicional para capturar el ahorro. Sin embargo, al cerrar el acceso principal, la flota debió desviarse por una ruta interna estrecha, generando un cuello de botella que retrasó cada despacho en promedio 40 minutos.
Al final del mes, el “ahorro” de 35 millones fue sepultado por la realidad operativa:
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    • Fletes Fallidos: Debido a los retrasos en muelle, un promedio de un camión al día perdió su ventana de cita en el cliente final. La transportadora cobró el flete de ida y regreso (falso flete). En 28 días, esto sumó $33.600.000.
    • Sobrecostos de Nómina: Para intentar mitigar el represamiento, las cuadrillas de despachos debieron extender sus jornadas. El pago de horas extras y recargos sumó $6.300.000.

 

Resultado: Por salvar $35 millones en la factura de obra, la operación asumió $39.9 millones en sobrecostos directos. La innovación se habría pagado sola, y el dueño del proyecto habría evitado el desgaste reputacional con sus clientes y transportadores.

¿Cuándo es rentable innovar? 

No toda zona de una planta requiere tecnología de punta. La clave de una gerencia estratégica no es comprar siempre lo más caro, sino saber dónde la velocidad y el desempeño técnico tienen un retorno directo sobre el flujo de caja.

El uso de concretos acelerados, diseños de geometría optimizada o pavimentos de alto desempeño son herramientas de rentabilidad. El criterio para usarlas no debe ser la comodidad del constructor, sino la protección del margen operativo del propietario.

Tomar decisiones de infraestructura sin considerar el impacto operativo es navegar a ciegas. Para ayudar a los propietarios y directores de operaciones a elevar su criterio técnico, hemos diseñado una herramienta estratégica.

 

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